7.5.07

Por la gloria de Roma y su Emperador

Julio Sempronio Perco era el tercer hijo varón de un acaudalado comerciante romano. En un principio había pensado en continuar con la profesión de su padre como lo habían hecho sus dos hermanos mayores, pero no, Julio era un hombre de acción, quería ver el mundo, quería experimentar nuevas emociones y aventuras que, sabía, se encontraban lejos de Roma, donde Julio ya era conocido por llevar una vida de excesos y mundana diversión. Pero esa vida ya no era suficiente para él, el poder y las inmensas extensiones de tierra conquistada que podía recibir como botín de guerra en las campañas lo llevaron a decidirse. Su padre, un famoso comerciante dedicado a la importación de vinos desde Hispania, se opuso en un primer momento; pero luego aceptó la idea de que su hijo se incorporase a las filas del ejército, todo fuera por la gloria de Roma y su Emperador.

Anfarix era un humilde campesino galo que había emigrado hacía muchos años hasta Taurenna, en la región noroccidental de las Galias, buscando allí mejor fortuna para él y su familia. Vivía junto con su mujer en una pequeña aldea de no mas de mil personas, todos campesinos dedicados al cultivo del trigo y la vid, principal (por no decir única) fuente de ingresos de todos en la aldea. Todos allí llevaban una sencilla y ardua vida de trabajo, desde antes del amanecer hasta que caía el sol, en el sembradío los hombres y en las demás tareas las mujeres; todos eran muy felices, no tenían mayores preocupaciones que la lluvia, que pocas veces faltaba, o la preparación de las asiduas celebraciones religiosas, dirigidas por el druida de la aldea. Los dioses habían sido generosos con Anfarix, incluso lo favorecieron con buenas cosechas que le permitieron construir una humilde casa donde vivía con su mujer.Pasado un tiempo los dioses premiaron a Anfaxiz con el regalo mas esperado, un hermoso y fuerte varón al que llamaron Cetix. Cuando sólo tenía cuatro años Cetix ya colaboraba, a su manera, con las actividades de la familia vigilando que las dos ovejas, la mayor posesión familiar, no se escaparan del pequeño corral construido por su padre. Anfariz y su mujer lo cuidaban y educaban para que se convirtiera en un buen campesino como ellos.

La carrera de Julio Sempronio Perco fue rápida, no tanto por sus cualidades sino por sus posibilidades económicas. Sólo un año después de haber ingresado en el ejército ya detentaba el título de Centurión y se había incorporado a la XIV Legión, que se encontraba apostada al oeste de Germania, presta a avanzar sobre las Galias para derrotar los últimos focos de resistencia que presentaban los galos, firmes defensores de su tierra pero imposibilitados militarmente de contener el demoledor avance de las tropas imperiales, siempre dispuestas a aplastar cualquier resistencia a base de su moderna tecnología y su gran cantidad de soldados. Semejante fuerza tenía la misión de someter definitivamente al norte de las Galias, la única región en la que Julio César no había logrado vencer totalmente a los galos, no porque su resistencia fuera importante militarmente, sino porque Cesar decidió retirar sus tropas cuando se acercaba el invierno para evitar dificultades y porque; además, una pequeña porción del territorio que no cayera totalmente bajo su dominio no representaba ningún problema para el Imperio y sus Legiones, lo que ya había sido demostrado cuando César venció a Vercinguetorix, único líder que opuso resistencia cierta. Toda Galia podía ser dominada cuando fuese voluntad de Roma; para su gloria y la de su Emperador.

Así fue que en marzo del año 20, el gran Emperador Augusto -hijo adoptivo de Julio Cesar- decidió conquistar definitivamente el norte de las Galias para aprovechar sus fértiles tierras en la producción del trigo que necesitaba para alimentar al pueblo de Roma; no porque a Augusto le agradase dar comida gratis a la gente, sino porque de esa forma se aseguraba que no se producirían revueltas políticas en su contra. Esto era complementado por los permanentes y gratuitos juegos en el Anfiteatro, que tenían al pueblo demasiado ocupado en ver a los gladiadores como para pensar en política. Allí estaban el pan y el circo para el pueblo, "pan et circense", por la gloria de Roma y su Emperador.

Mientras, sin saber nada de los movimientos de la legión romana y sin otras preocupaciones que las lluvias, todos los habitantes de la pequeña aldea gala continuaban con sus labores, no sabían nada más que sembrar sus tierras y no tenían otra ambición que no fuera la de una buena cosecha que les permitiera pasar lo mejor posible el invierno.Nada importó al General Máximus Perdius, jefe de la XIV Legión Romana, en realidad no podía importarle porque el nada sabía de la vida de esos campesinos, sólo sabía que debía conquistar esas tierras, por la gloria de Roma y su Emperador.

Fue la Centuria dirigida por Julio Sempronio Perco la encargada de entrar y someter a la aldea, tarea que le otorgó un pequeño y magro botín ya que nada poseían aquellos campesinos; además, bastante más trabajo del esperado le llevó el sometimiento, perdió diez infantes y un caballo por culpa de la obstinada resistencia de esos galos que defendían su tierra sin más armas que sus instrumentos de labranza. Pero él no dejaría eso así, nadie podía ofrecer tal afrenta al ejército romano sin que luego tronara el escarmiento, por lo que ordenó matar a todos antes de quemar absolutamente la aldea. Él se encargó del último que quedó vivo, al que antes obligó a presenciar la muerte de su propio hijo.
Se llamaba Anfarix; muerto por la gloria de Roma y su Emperador.

1 comentario:

YAYA dijo...

Los quattordecimani, hombres de la victoria de Marte, llevaron la luz de Roma a donde primaba la barbarie, en su relato, eso se celebra.

Viva Cayo Julio César Octaviano Augusto. Primer Ciudadano de Roma, nunca Emperador (que ese es cargo de gente insegura de su posición, como los intendentes, por ej.), Benefactor de Ovidio, Horacio y Virgilio (casi nadie).

Yo me quedo por acá, lejos de las sangrientas legiones que imponen la pax augusta a espadazos limpios, perorando en este escabroso dialecto del latin que tan útil resultó ser para dar a entender que hace falta otra vuelta de fernet en los bares céntricos.

Un último grito pro-romano: ¡Anfarix: No existís!